Por César Sirvent Sempere, a 6 de julio de 2023
El
20 de julio de 1976 marcó una proeza tecnológica en el calendario:
el aterrizador o lander Viking 1 de la NASA transmitió
a la Tierra la primera imagen del paisaje marciano desde la propia
superficie del planeta Rojo, donde se había posado unos días antes,
en la región de Chryse Planitia. Pero es otra fecha la que
abriría uno de los capítulos más apasionantes y polémicos sobre
Marte. Efectivamente, pocos días más tarde, el 25 de julio, se
recibió en los ordenadores del Jet Propulsion Laboratory
(JPL) una nueva fotografía, que levantaría una tremenda polvareda.
Se trataba de una instantánea, esta vez capturada desde el
orbitador, que sobrevolaba Marte a una altura de unos 300 km., en su
misión de cartografía del relieve marciano. Y en esta nueva
diapositiva, la F035A72 (es decir, la imagen nº 72 de la órbita 35
del orbitador A), obtenida sobre la inmensa planicie de Sidonia, en
el hemisferio norte, el científico Tobias Owen creyó
distinguir una gigantesca estructura rocosa que semejaba una efigie,
un rostro megalítico, con la vista fija en el infinito; una especie
de testigo mudo de una antigua civilización marciana ya extinta, y
cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos.
Sin
embargo, el criterio científico del Dr. Owen prevaleció: no podía
existir vida en Marte, al menos nada que no fuera microscópico, algo
que los experimentos del Lander se disponían a desentrañar en
varios experimentos cuidadosamente planificados, y que involucraban
la detección, mediante espectrómetros de masas y cromatógrafos, de
los gases liberados en reacciones de tipo orgánico. Porque eso es lo
máximo que podía esperarse de los datos aportados por misiones
anteriores tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética, con
orbitadores y algún aterrizaje frustrado. Solo microorganismos, a lo
sumo. Nada de civilizaciones o siquiera formas de vida pluricelular.
El
paradigma imperante era que nuestro vecino cósmico se revelaba como
un páramo rocoso, desprovisto de agua, con una muy tenue atmósfera,
y cuya superficie estaba sepultada por arenas oxidadas, esterilizadas
durante eones por los rayos cósmicos. Sin magnetosfera detectable, y
una atmósfera casi vestigial, las condiciones para la vida eran tan
hostiles, que no se tenía, ni siquiera, la certidumbre de que los
experimentos del Dr. Gilbert Levin, entre otros, pudieran
certificar la presencia de microorganismos. De hecho, casi 50 años
más tarde, todavía no se puede afirmar si Marte albergó vida en
algún momento de su pasado geológico, o si dicha vida pudiera
existir actualmente. Aunque el Dr. Levin siempre creyó que sus
experimentos no habían fracasado, y que se había detectado la
presencia de vida microorgánica en las muestras de arena marciana,
no obtuvo ningún respaldo por parte de sus colegas.
Así
que la NASA desestimó la imagen de la Cara de Marte como un
simple juego de luces y sombras, un capricho de la iluminación que
provocaba una ilusión óptica que dotaba de características
antropomórficas a una simple montaña. Incluso se aseguró que
existía una segunda fotografía, tomada unos pocos días después,
que no mostraba rasgos faciales de ningún tipo. Pero esta segunda
foto nunca se mostró.
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Fragmentos de los fotogramas F035A72 y F070A13, Cara de Marte fotografiada por la sonda Viking. Imagen procesada por Mark. J. Carlotto. ©1988 Mark J. Carlotto
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Algunos
años después, unos contratistas de la NASA, Vincent DiPietro
y Greg Molenaar, se enteraron de la existencia de esta famosa
Cara de Marte, y decidieron indagar por su cuenta en el extenso
catálogo de imágenes que había devuelvo el orbitador A. Ni más ni
menos que 57.000 imágenes, almacenadas en docenas de cintas
magnéticas. DiPietro y Molenaar localizaron la imagen inicial que la
NASA había mostrado a los periodistas, y, después, mal archivada,
una segunda captura de la misma estructura, bajo una iluminación
bastante diferente, con el Sol situado unos 13º más alto en el
cielo marciano. Estos datos no se habían hecho nunca públicos. La
distinta altura del sol hacía que se proyectaran unas sombras
diferentes, lo que permitía vislumbrar la parte izquierda de la
Cara, que en la imagen inicial estaba oscurecida por las sombras.
Parecería que la semejanza con una cara humana no era una ilusión,
y que la montaña, de 2.5 x 2 km. en extensión y 400 metros de
altura, realmente tenía la forma que se adivinaba.
DiPietro
y Molenaar mejoraron la imagen de la Cara mediante algoritmos de
procesamiento digital de imagen, una disciplina que tuvo sus
orígenes, precisamente en el JPL. Creyeron ver similitudes con una
esfinge, detectaron un posible globo ocular usando técnicas de falso
color, realzaron algunos detalles... Años más tarde, el Dr. Mark
J. Carlotto realizaría un nuevo procesado digital, revelando más
detalles, incluso la polémica presencia de lo que creyó podrían
ser dientes. La técnica utilizada era correcta como se puso de
relieve cuando el trabajo de Carlotto fue escogido para ilustrar la
portada del número de mayo de la prestigiosa revista científica
Applied Optics.
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Pupila descubierta usando falso color. © 1997 César Sirvent
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Durante
años, los científicos que estudiaron la Cara de Marte solicitaron a
la NASA que se obtuvieran imágenes con mayor resolución, puesto que
ninguna de las evidencias, ni siquiera usando los algoritmos de
mejora, eran en absoluto concluyentes. El responsable de la cámara
óptica de la nueva sonda de la NASA, Mars Global Surveyor, en
órbita marciana desde 1997, Dr. Michael Malin, se escudó en
innumerables excusas para justificar la práctica imposibilidad de
obtener imágenes de gran detalle con la nueva cámara enviadas a
Marte, hasta que, finalmente, tanto Malin como la propia NASA
terminaron cediendo, y anunciaron la decisión de tomar nuevas
imágenes, después de más de 20 años. Curiosamente, ya no
resultaba complicado obtener fotos de la formación.
Así,
el 6 de abril de 1998, los estudiosos (y muchos entusiastas) de las
anomalías de Sidonia, contuvieron la respiración ante la
adquisición de una posible nueva imagen, que la agencia espacial
norteamericana se había comprometido a publicar en Internet sin
ningún tipo de retoque nada más ser recibida por sus sistemas. Para
decepción de muchos, la nueva fotografía, con un detalle de 4
metros por píxel, es decir, cien veces más calidad que la de las
dos imágenes originales de la misión Viking, mostraba claramente
una montaña sin ningún tipo de signos de artificialidad. Terminaba
así la especulación, y el asunto caería rápidamente en el olvido.
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Imagen de alta resolución de la Cara de Marte, obtenida por la sonda Mars Global Surveyor.
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Es
de destacar que se generó cierta controversia por la forma en que se
había dado a conocer la nueva imagen de la Cara de Marte. La
fotografía digital tenía mucho ruido en forma de líneas verticales
oscuras (debido a diferencias en la ganancia del sensor óptico), y
se hizo un procesado digital rápido para eliminar dicho ruido. Sin
embargo, se utilizaron unos filtros que destruyeron los detalles de
la fotografía, alterando su calidad y provocando que la montaña, de
más de 400 metros de altura, se mostrase sin apenas relieve. Tanto
es así, que se llegó a bautizar como Catbox o “caja de arena de
gato” a la instantánea publicada por la NASA. Podemos observar
que, con un algoritmo más cuidadoso y eficiente, se obtienen unos
resultados mucho mejores, que revelan la tridimensionalidad de la
montaña. La imagen mal procesada por la NASA dio la vuelta al mundo,
y el público se olvidó del asunto.
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Imagen Catbox liberada por la NASA, comparada con una imagen adecuadamente procesada.
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¿Por
qué esta maniobra por parte de la agencia norteamericana? ¿Realmente
fue un ejemplo de incompetencia? Nunca habían publicado una imagen
corregida de forma tan ineficiente en toda su larga carrera espacial.
¿Se pretendía zanjar cualquier tipo de polémica, ridiculizando a
los investigadores legítimos de las anomalías marcianas?
Lo
cierto es que, al margen de los ríos de tinta que la Cara de Marte
había hecho correr en todo tipo de libros y revistas, algunos de
ellos muy sensacionalistas, algunos de los trabajos sobre el tema
superaron las estrictas normas impuestas a cualquier publicación
científica, y se ha abordado desde la Ciencia la posibilidad de que
la Cara y estructuras aledañas pudieran ser artificiales, o, cuando
menos, ejemplos de una geomorfología inusual. Pero dichos estudios
no tuvieron demasiada repercusión ni respaldo de otros científicos.
Un
ejemplo de tal estudio es el análisis de un grupo de montículos o
pequeños montes que aparecen en la región. Dichos montículos son
unas estructuras redondeadas, que destacan por su fuerte albedo (o
brillo), lo cual los hace destacar por su contraste respecto al
terreno circundante. Existe solo un puñado de estos montículos en
la zona, y no son parte de ninguna otra estructura mayor. Pero, ¿qué
tienen de especial dichos montículos para atraer el interés de los
investigadores? No su morfología o posible origen, sino su
distribución. La manera precisa en que están situados sobre la
planicie, y las relaciones y distancias que existen entre un
montículo y otro. Porque no parecen estar dispuestos al azar.
Los
montículos aparentan formar triángulos rectángulos (un ángulo
recto) e isósceles (dos lados iguales). Los escépticos pueden
argumentar, con correcto criterio, que en cualquier conjunto de
montículos al azar (o cráteres, para el caso), se podrá obtener,
de vez en cuando, alguna geometría más o menos curiosa. Sin
embargo, no es la aparición de un triángulo isósceles o rectángulo
lo que sorprende, sino la repetición del mismo tipo de triángulos,
con ángulos idénticos, en varias ocasiones.
El
primero que se percató de que estos pequeños objetos geológicos
podían no estar ubicados aleatoriamente fue Richard C. Hoagland,
un personaje que popularizó enormemente el tema de Sidonia, pero
también causó un daño casi irreparable con sus especulaciones sin
ningún fundamento sobre Sidonia y otros asuntos de corte ufológico.
Así
que es entendible que el estudio de dichos montículos haya sido
muchas veces visto como un mero ejemplo más de piramidología, que
es una disciplina pseudocientífica y delirante que trata de atribuir
todo tipo de significados a cualquier medida que se haga de las
pirámides de Guiza, en Egipto. Fueron tales los disparates vertidos
por los pretendidos estudiosos, que el velo de la duda empaña
cualquier tipo de investigación en la que se quiera encontrar
relaciones geométricas entre formaciones geológicas o
arqueológicas.
Pero
lo cierto es que el análisis estadístico se usa mucho en
arqueología. Fue el Dr. Horace W. Crater, físico cuántico
del Instituto Espacial de la Universidad de Tennessee, el que abordó
el asunto de los montículos y su geometría interna de forma
totalmente científica y rigurosa, llegando a publicar varios
artículos en revistas científicas con arbitraje.
El
autor de estas páginas se involucró desde España en dicho estudio,
criticando al principio las conclusiones obtenidas por el Dr. Crater
y su colega, el profesor de filosofía Stanley V. McDaniel, de
la Universidad de Sonoma. Sinceramente, a pesar de que los cálculos
parecían muy cuidadosos, me incomodaba la sensación de que se
estaba favoreciendo o dando prioridad a algunos triángulos frente a
otros. Me explicaré: las distancias entre montículos, y los ángulos
que forman entre sí, son complicados de medir por varios factores,
entre ellos la baja resolución, la dificultad de encontrar el centro
exacto, y otros posibles errores en la medida. Así, algunas
mediciones arrojaban unas diferencias de más de medio grado o
incluso un grado. Y eso entraba en conflicto con los modelos que se
manejaban, en los que se estaban caracterizando ángulos con una
precisión de décimas de grado. ¿No era ese proceder altamente
reminiscente de la metodología pseudocientífica que impregnaba los
estudios de los piramidólogos?
Nada
más lejos de la realidad. Como pude comprobar, el modelo teórico
preciso era algo impuesto por la propia geometría. Se puede llegar a
esta conclusión, si en lugar de fijarnos en los montículos
tomándolos de tres en tres (es decir, observando los triángulos),
nos centramos en tomarlos de dos en dos (esto es, considerando las
líneas rectas formadas, o segmentos rectilíneos). Para mi sorpresa,
los 6 montículos principales estudiados, denominados Hexad (o
hexada, por ser seis), forman una fascinante figura geométrica con
una característica sobresaliente y que no debería presentarse en
una distribución al azar: hay 11 líneas que son paralelas con
alguna otra. No solo eso, también hay 5 relaciones perpendiculares.
En
la figura de solo 5 montículos (llamada Pentad o pentada, por
ser cinco), en la que se excluye el montículo etiquetado como P, las
relaciones paralelas o perpendiculares alcanzan 9 líneas del máximo
posible, que son 10.
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Hexad. © 1997 César Sirvent |
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Pentad. © 1997 César Sirvent |
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Cráteres alineados de forma completamente natural, para tomar como comparación con los montículos.
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De ahí proviene el modelo geométrico tan exacto: de la imposición de que las relaciones paralelas o perpendiculares sean exactas. Así que lo que se ve a simple vista, que es una ligera desviación de esta perfección matemática, y que puede llegar al grado o más de diferencia, como indicábamos antes, no es más que una medida del nivel de precisión del ajuste de los montículos al modelo geométrico. Es más, mediante simulaciones por ordenador, se puede determinar la probabilidad de que unos montículos que no tuvieran ninguna relación entre sí estuvieran ordenados con tal precisión: resulta ser de una entre doscientos mil millones. Esto es más improbable que acertar la combinación ganadora de la lotería primitiva, o incluso más difícil que acertar el primer premio de la lotería nacional... ¡dos veces seguidas! Hasta el propio reputado matemático Dr. Ralph Greenberg, muy escéptico sobre el tema, tuvo que conceder que la figura del Pentad era sumamente intrigante.
Las nuevas imágenes que se han ido adquiriendo sobre la zona e incluso
los propios montículos, así como nuevos estudios geológicos,
sugieren que los montículos podrían ser volcanes de barro.
Esto demostraría que no se eligieron formaciones rocosas al azar en
el estudio, sino que, ahora sabemos que podrían tratarse de este
tipo de volcanes. Un volcán de barro, que también existe en la
Tierra, es una estructura cónica que no tiene nada que ver con los
volcanes de lava o magma fundido. Lo que se expulsa, desde las
profundidades de la corteza, son gases, mezclados con arcillas y
agua. En el caso de Marte, se han detectado una gran cantidad de
posibles volcanes de barro en la región de Acidalia Planitia, que
es, precisamente, donde está ubicada la Cara de Marte, y, apenas a
unos kilómetros de ella, los citados montículos. De hecho, el
brillo con el que destacan en las fotos de la Viking se debe,
probablemente, a que el material eyectado es rico en minerales de
hierro. Además, se sospecha que el estudio in situ de dichos
montículos de barro podría proporcionar datos muy interesantes
sobre posible vida microscópica actual, puesto que en las
profundidades de la corteza podrían darse mejores condiciones para
la vida que en la superficie marciana.
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| Volcanes de barro en la Tierra, en Gobustan, Azerbaijan. |
En
este artículo, presento el detalle de un nuevo estudio realizado,
empleando métodos de Geometría analítica. Recordarán los lectores
que hablábamos de que los vértices del Pentad configuraban 9 líneas
que son o bien paralelas a otra, o bien perpendiculares a otra línea
dada. Pues bien, resulta natural preguntarse qué polígono tiene la máxima relación de líneas paralelas y perpendiculares.
Obviamente, no es un pentágono regular, que tiene todas sus líneas
paralelas (no los lados, cuidado, sino las líneas uniendo un vértice
con los restantes). Así que, descartado el pentágono regular... ¿es
la figura del Pentad en Marte la geometría con ese número más alto
de relaciones?
De
ser cierta esta propiedad, resultaría asombroso, y alejaría aún
más la posibilidad de que la distribución sea debida a procesos
geológicos aleatorios. Pues bien, el resultado del análisis
demuestra que no, existe otro polígono distinto al Pentad,
y que tiene 10 líneas paralelas o perpendiculares, es decir, alcanza
el máximo de 10. Lo sorprendente de este hallazgo es que dicha
figura, que se presenta gráficamente aquí, no difiere demasiado de
la del Pentad. Solo le separa la ubicación de un único montículo,
un punto ficticio que hemos denominado X, y que podría encontrarse
muy próximo a una de las estructuras inicialmente consideradas
anómalas.
Es
decir, sustituyendo el montículo E por el X, obtenemos la figura
geométrica con más relaciones del tipo más esencial desde un punto
de vista geométrico.
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Nuevo diagrama de simetría con posible solución al enigma geométrico marciano. © 2015 César Sirvent
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Permítanme
una divagación no exenta de cierta fantasía. En la película Misión
a Marte, los astronautas se enfrentan a un desafío presentado
por la Cara de Marte: una adivinanza respecto a una molécula de ADN,
y es la resolución de este acertijo lo que les permite avanzar en su
investigación. ¿Es quizá el Pentad una suerte de puzle o
adivinanza geométrica? ¿Se debería excavar o tomar imágenes de
profundidad cerca de la presunta ubicación de este hipotético
montículo X?